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RafaVs
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el Dom 16 Dic 2018, 19:25
Turistas que visitan la isla de San Simón confían a sus guías nuevos testimonios y hacen aflorar historias de película, como la de tres astutos presos de la Guerra Civil que huyeron.

Poco a poco van aflorando nuevos testimonios de los trucos de película que usaron algunos presos republicanos recluidos en el campo de prisioneros franquista en la isla de San Simón para fugarse de esta fortaleza flotante en la ría de Vigo. Los propios turistas se lo cuentan a sus guías.
Dicha isla, ahora gestionada por la Xunta, era una especie de Alcatraz gallega. Al igual que la prisión de San Francisco, estaba enclavada en una roca de la bahía y sometida a un férreo régimen disciplinario. Escapar a nado del bastión californiano era casi imposible por las fuertes corrientes marinas. Lo mismo ocurría en San Simón. A ello se suma que poca gente sabía nadar. La prueba es que en la posguerra, cuando la cárcel pasó a ser una colonia vacacional,  un naufragio se cobró la vida de 43 personas al volcar accidentalmente un bote por exceso de peso. Esta tragedia fue recordada erigiendo un cruceiro sobre una roca próxima.

Si escapar nadando era casi imposible, también lo era saltar al mar sin ser visto. Hasta 16 centinelas armados estaban apostados para controlar todos los ángulos de los muelles, portalones y muros. Disparaban a matar si veían huir a algún preso del recinto. Lo irónico es que los reclusos, muchos de ellos hacinados, podían caminar libremente por la isla cuando no estaban haciendo trabajos forzosos. La mayor parte del tiempo lo gastaban buscando algo que comer. A un escultor se le ocurrió simbolizar esta libertad con huellas de cemento, alguna de las cuales se encaminaba hacia el muro, dando a entender lo fácil que era saltar al mar. Quien lo hiciese era hombre muerto.

Algunos guías turísticos han empezado a recolectar historias de familiares que cuentan cómo algún pariente logró llegar a tierra y esfumarse en plena Guerra Civil o en los primeros años de la posguerra, hasta 1943. Su hazaña permaneció oculta mucho tiempo por temor a represalias. Pero salvo esas excepciones, la fuga era casi imposible. La isla, oficialmente una colonia de trabajo reeducativo, ganó fama de cementerio marino porque de allí se entraba pero no se salía.
Algunos médicos prisioneros ayudaban a curarse a otros presos, pero la mortalidad era alta por la falta de medios y el hacinamiento. Relatos de pescadores de la ría cuentan que al ir en barca chocaban con cuerpos amortajados arrastrados por las corrientes. Testimonios recientes, transmitidos oralmente entre las familias de la zona, revelan que los presos no solo morían de enfermedades o de hambre, sino también ejecutados.

Una testigo afirmó recientemente, al visitar la isla, que tenía constancia de que, durante la guerra, seis reclusos fueron fusilados en el muelle de las monjas. Sus cuerpos cayeron directamente en una barca y el pelotón la remolcó hasta tierra para arrojar los cadáveres en una cuneta. Son testimonios hasta hora desconocidos que llegan poco a poco a oídos de algunos guías turísticos de San Simón, relatos que luego difunden. Algunos visitantes que acuden a ver las instalaciones hacen memoria y, emocionados, confían tradiciones orales recogidas en sus casas.

Por eso se sabe que algunos fugitivos lograron escapar. Son historias que permanecieron en silencio durante medio siglo y ahora las familias las empiezan a divulgar. Uno de los casos más sorprendentes que se ha conocido fue el de tres hombres que aprovecharon un descuido de los vigilantes para esconderse debajo de una barca fondeada. Durante tres días, la lancha se fue aproximando sigilosamente a la orilla de la playa de Cesantes. Debido a que los movimientos eran imperceptibles ningún centinela sospechó. En cuanto tocaron tierra, los tres fugitivos salieron corriendo y se escondieron hasta que terminó la contienda y, pasado un tiempo, volvieron a casa. Guardaron silencio hasta ahora.

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