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el Miér 09 Ene 2019, 16:10
Todos los gurús e instituciones nos recuerdan lo mismo:
hay una nueva "clase obsoleta" que no podrá encontrar trabajo y carecerá de valor.
Pero quizá las soluciones sean interesadas.

Salvo que usted sea Felipe VI, Ana Patricia Botín o el Ministro de Exteriores de turno, es poco probable que lo tenga señalado en el calendario, pero ya está aquí. En apenas dos semanas, entre el 22 y el 25 de enero, se celebrará en la montaña suiza de Davos la reunión anual del Foro Económico Mundial, donde la élite de la élite cierra su agenda para los próximos doce meses. Algunos de los temas clave están siendo recogidos en forma de artículo en la propia página del WEF. Los retos geopolíticos o la ciberseguridad son algunos de ellos, pero quizá haya uno más importante: la globalización 4.0 y los peligros que presenta para la población de todo el planeta.

Uno de ellos es un artículo escrito por la directora ejecutiva de UNICEF, Henrietta H. Fore, en el que recuerda que los 10 millones de jóvenes que alcanzan la edad de acceso al mercado laboral cada año pronto se darán cuenta de que este no está creando 10 millones de empleos cada mes. La estadounidense repetía la cantinela conocida una vez más: hay una “diferencia dramática” entre las habilidades que poseen y lo que el mercado laboral exige. En los países pobres, la mayoría de ellos terminarán en trabajos informales. En los desarrollados, se toparán con que los viejos empleos desaparecen uno detrás de otro. De lo que no dice gran cosa es de cómo la mejora individual de habilidades ayudará a todas esas personas y no tan solo a los que puedan permitírselo.

Es la muestra de que la preocupación por qué va a pasar con la gran masa de población que no podrá encontrar trabajo quita también el sueño a las élites, probablemente por la inestabilidad política, económica y social que pueden propiciar. Como suele ocurrir, cada cual tiene su receta mágica. La de Fore es Generation Unlimited, una campaña para identificar soluciones con el objetivo de que los jóvenes accedan a educación de calidad y entrenamiento por parte de las empresas. A ellas, la antigua CEO de Holsman Intenational les pide “incrementar el número y la calidad de las becas y programas de formación”, con el reclamo de poder formar a los jóvenes a imagen y semejanza de lo que necesitan.

El Banco Mundial, otra de las grandes instituciones económicas, acaba de poner en marcha The Human Capital Index, que mide el nivel de capital humano que un niño nacido hoy puede esperar obtener a los 18 según las condiciones de salud y educación de su país origen. España se encuentra en un digno puesto número 32, justo por encima de Islandia. Los países que encabezan el listado son Singapur, Corea del Sur y Japón, seguidos por Hong Kong, Finlandia, Irlanda, Australia, Suecia, Países Bajos y Canadá. “Mejorando sus habilidades, salud, conocimiento y resiliencia, la gente puede ser más productiva, flexible e innovadora”, insiste el informe en su introducción.

La nueva clase trabajadora

Se suele hablar de la mayoría de estas amenazas de forma parecida a como se habla de una catástrofe natural. Más o menos, como algo sobrevenido de improviso, ante lo que poco se puede hacer, y que aunque afecta en distinto grado a países o trabajadores, no pone en discusión el 'statu quo' económico y social. Fue Yuval Noah Harari, uno de los nuevos gurús liberales (dio tres charlas en Davos durante la edición del pasado año), quien acuñó el término “la clase inútil” ('useless class') u obsoleta en 'Homo deus', utilizando el concepto de clase social marxista, para adaptarlo al nuevo panorama laboral que, en teoría, provocará la automatización.

Esta clase, a diferencia de lo que ocurría con el tradicional proletariado, es infinitamente más amplia: alrededor del 99% de habilidades humanas son automatizables, por lo que más probable es que cualquier trabajador sea antes víctima que beneficiado. De ahí que, como se ha recordado a menudo, también muchos empleos de clase media sean susceptibles de desvanecerse. En opinión del israelí, de igual manera que la industrialización había propiciado la aparición de un amplio proletariado urbano, y con él, la difusión del socialismo que terminó siendo superado por el liberalismo, algo semejante puede ocurrir con la nueva clase social, formada por “personas que carecen de ningún valor económico, político o incluso artístico, que no contribuyen en nada a la prosperidad, poder y gloria de la sociedad”.

Es una clase social desempleada e inempleable que, aparentemente parece transversal, aunque a medida que se asciende en la clase social, menor es la posibilidad de formar parte de ella. Si el problema es la falta de formación es lógico pensar que aquel que dispone de los recursos económicos para remediar ese problema será quien finalmente pueda salir adelante. Al mismo tiempo, los que carezcan de ellos terminarán quedando “obsoletos” y sin posibilidad de reciclarse. Ira S. Wolfe, experto en recursos humanos, recordaba que el trabajador medio pronto se convertirá en el trabajador no cualificado y mal pagado… o desempleado. Otra amenaza más.

No es baladí que Harari recuerde que fue la irrupción de la clase obrera lo que produjo el enfrentamiento entre marxistas y liberales, pues como han señalado sus críticos, uno de sus atractivos para las élites (Mark Zuckerberg o Bill Gates son sus seguidores) es que según sus palabras “no hay una alternativa posible al paquete neoliberal”. El propio economista defendía la necesidad de “un orden postliberal” que proporcione una red de seguridad global “para proteger a los humanos contra los shocks económicos que la inteligencia artificial probablemente cause”, como aseguraba en las páginas de 'The Economist'. La solución, añade, debe ser global y no local, pues eso tan solo provocaría que estos países colapsasen. Como en Davos.

Pero aceptar que la inutilidad de una persona pasa por su inempleabilidad es peligroso, recuerdan algunos críticos. Por ejemplo, en 'Medium' Tom Norman recuerda la frase de Einstein “todos somos peces, pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar un árbol, pasará su vida pensando que es estúpido”. El autor se muestra en contra de la supuesto “obsolescencia” del humano recordando que la mejor manera de juzgarlo es, precisamente, a partir de lo que nos convierte en humano: la impredecibilidad, la creatividad y la empatía. El hecho de identificar a una persona con su capacidad para encontrar un trabajo reduce lo que entendemos por humanidad. Harari, no obstante, matizaba que dicha inutilidad de clase era “económica y política”, no “moral”.

¿Y si no es verdad?

Hace apenas unos días, una investigación mostraba que la teoría del 'skills gap', según la cual hay trabajo de sobra pero los trabajadores no tienen la formación adecuada para ocupar esos puestos era, cuando menos, discutible. Según el trabajo presentado en la conferencia anual de la Asociación de Economistas Americanos, fueron las empresas las que reaccionaron a los altos niveles de desempleo aumentando las exigencias para los puestos ofertados. Una vez pasó lo peor de la crisis, los criterios se relajaron sin que la formación de los trabajadores experimentase grandes cambios.

Ello lleva a los autores, que han analizado 36,2 millones de ofertas 'online', a recordar que el descenso en los niveles de desempleo no se había producido a causa de haber reducido la brecha, sino a otros factores. ¿De dónde viene entonces la creencia en esta falta de adecuación entre las cualidades de los trabajadores y las exigencias del mercado laboral? Probablemente, de las propias empresas. Samsung, por ejemplo, patrocinó un artículo en 'The Atlantic' con sus soluciones para poner remedio a esta situación que pasaba, como en la propuesta de la CEO de Unicef, por programas de becarios y prácticas semejantes a las de la Formación Profesional.

Una revisión de estudios sobre este tema ya señalaba que la mayor parte de investigaciones sobre habilidades suelen realizarse en períodos en los que los niveles de desempleo son altos. La situación había cambiado en los últimos tiempos: de centrarse en el efecto que esta inadecuación podía tener en los trabajadores a considerarlo una amenaza para las economías occidentales en su conjunto. Es lo que muestra que de Davos al Banco Mundial pasando por los grandes gurús se haya convertido en una de las grande preocupaciones de nuestra época: es una amenaza que se cierne sobre nosotros o que puede convertirse en una profecía autocumplida a fuerza de repetirla una y otra vez.

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