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Sonríe, que nos miran: ¿vivimos ya en un capítulo de 'Black Mirror'?. Empty Sonríe, que nos miran: ¿vivimos ya en un capítulo de 'Black Mirror'?.

el Jue 04 Abr 2019, 16:55
elperiodico.com
Carlos Risco.
04.04.2019

El mundo moderno nos pide que puntuemos y opinemos a todo aquel que nos presta un servicio. Sin darnos cuenta, nos vamos transformando en una sociedad de emojis sonrientes y ciudadanos del buen rollo digital que a su vez son vigilados y reevaluados por toda una red en la sombra, como el caso de China. ¿Qué debería preocuparnos de todo esto?.  

Hasta que al bueno de Steve Jobs, que entonces ya estaba malito, no le dio por convertir el teléfono en computadora, la vida era una delicia. Uno podía salir a dar un paseo sin temor a ser molestado, nada vibraba en nuestros bolsillos, ningún email se quejaba de estar pendiente de ser contestado, ninguna red social llamaba nuestra atención para entregarnos a un scrolling infinito mirando selfies y vídeos de gatitos. Tampoco había cámaras de seguridad que te grabaran constantemente y -además- estas no reconocían tu cara. De todo esto no hace mucho. Los días, desde luego, eran mucho más tranquilos. Podíamos hablar con un amigo sobre ese país al que nos apetece ir sin sospechar que el móvil nos estuviese escuchando y nos lance el destino en el primer banner que pueda, y podíamos volver a casa por una ruta habitual sin preocuparnos si el smartphone está compartiendo nuestra geolocalización con un bot ruso.

De todo esto no hace tanto, apenas doce años del teléfono inteligente y una veintena de pasar vergüenza con los primeros zapatófonos GSM hablando por la calle. Quince años de Facebook. Pero la distopía es hoy y la fiesta es imparable. Mientras nuestra atención se fragmenta hasta el punto de que es difícil concentrarse en una tarea como en los tiempos analógicos, suene o no suene el aparato (nuestro cerebro se ha vuelto adicto a la cosa nueva, a eso del like y el clic), al cacharro lo hemos metido en la cama, le confiamos nuestros secretos y se viene con nosotros a todas partes. Y que nadie suba la voz diciendo lo contrario, tapando la webcam del portátil o rechazando la política de privacidad de tal o cual compañía. Thumbs down al pinchaglobos que se atreva a cuestionar nada, aunque sorprendas a tu hijo hablándole a Alexa en salón, sin pensar que hay un espía de Jeff Bezos al otro lado.

Y a veces, claro, las cosas se salen de madre. El último gran follón ha venido de China, donde el sistema de crédito social permite el Gobierno, en aras de una supuesta “cultura de la honestidad”, un control sobre el comportamiento ciudadano de tintes orwellianos. Hace pensar en aquel capítulo de Black Mirror donde los usuarios con mayor puntuación accedían a promociones y ventajas o eran castigados a la ignominia por no tener un capital de likes suficiente para ser molón. Pero ahora no estamos ante ninguna ficción televisiva, sino ante corporaciones muy reales como Sesame Credit, un ente oscuro que pertenece al gigante de comercio electrónico Alibaba, ya ha comenzado a introducir este tipo de sistemas de puntaje para obtener créditos sociales. Por otro lado, el sistema de vigilancia chino Sky Net, todo un proyecto de seguridad nacional, cuenta con 20 millones de cámaras equipadas con tecnología de reconocimiento facial y machine learning, capaces de identificar a las personas según  patrones específicos como el color de piel, la edad, el sexo y ciertos rasgos únicos. El futuro era esto.

Evaluadores y evaluados.
Y mientras, alegremente, opinamos en las redes sobre negocios y personas (“aquí se come buen cordero”, “este conductor de Uber es majo”), somos evaluadores constantes y a la vez somos evaluados, desde Google Maps a Wallapop, y también en el mundo físico. Seguro que le suena, de la última vez que pisó un aeropuerto: hacemos clic en una carita sonriente cuando el vigilante de seguridad nos trata bien o cuando los baños están limpios. Si no es así, le damos a la carita triste o enfadada. Y seguro que, tras esa última llamada de su compañía telefónica, le ha dicho a un robot si el teleoperador subcontratado en la otra esquina del mundo ha sido amable y ha seguido las pautas de telemarqueting con el que lo entrena la empresa para la que presta servicio.

Llenamos granjas de servidores con datos binarios llenos de crédito social, que descansa junto algún bosque escandinavo a la espera de transformarse en algo. La reputación, por muy digital que sea, terminará por transformarse en algo analógico. Para un ciudadano chino, la nueva política de crédito social, diseñada para una sociedad sonriente, en sentido negativo, puede servir para que un ciudadano pueda no ser considerado para un cargo público, perder el acceso a la seguridad social o ser excluido de hoteles y restaurantes. Siete millones ya han recibido algún tipo de sanción, como por ejemplo, la prohibición de tomar un avión. Algo que da bastante susto.

“En el caso de China, el siguiente paso es establecer un sistema de control social basado en esas métricas”, asegura Enrique Dans, profesor del IE Business School. “Muchas de esas métricas dependen no solo del comportamiento de un ciudadano, sino del de las personas que le rodean o con las que se relaciona. Este tipo de evaluación trata de condenar al ostracismo social determinados patrones y comportamientos que se salgan de la norma, que sean susceptibles de cuestionar el sistema, y utiliza para ello todo tipo de indicadores”. Para este experto en cultura digital, en la práctica, la idea del Gobierno chino es tratar de normalizar algo que, “desde un punto de vista occidental, parece completamente inaceptable, pero que en el imaginario popular chino, termina siendo visto o bien como un precio a pagar a cambio del progreso económico, o incluso como una forma de protección contra la inestabilidad”.Y continúa su reflexión con una paradoja: “Hace no muchos años, el Gobierno chino necesitaba pagar, aunque fuese muy poco, a muchas personas para que controlasen las redes. Ahora, muchos jóvenes chinos llevan a cabo ese mismo trabajo sin cobrar y por convicción, lo que prueba que el sistema está funcionando”.

Dans insiste en que la privacidad es un concepto en permanente evolución, donde la tecnología “ha ido suplementando nuestro ancho de banda mental hasta un punto en el que podemos, simplemente buscando un nombre en un buscador y en algunas redes sociales, obtener muchísimos datos de cualquier persona”. Para él debería preocuparnos que esa capacidad tecnológica para obtener datos sea aprovechada por los gobiernos para el control de sus ciudadanos: “Que suceda en China, un gobierno no democrático obsesionado con el control y con la gestión de la velocidad del cambio de su sociedad, podría resultar incluso comprensible - que no justificable. Lo que debería preocuparnos seriamente es que algunos gobiernos supuestamente democráticos parezcan envidiar secretamente el control que posee China e imiten la tecnología que utiliza con justificaciones como la seguridad, la lucha contra la amenaza terrorista, la protección de los niños, la defensa del copyright, o cualquier otra”.

Desde Nueva York, Douglas Rushkoff profesor de cultura virtual en la Universidad de Nueva York, cuyo último libro Team Human propone regresar a un nuevo humanismo basado en las personas y no en las máquinas, resuelve la de la observación como un problema ético: “Para mí, la parte mala es cuando las compañías te espían para manipular tu comportamiento. Miran sus datos pasados para ubicarlos en una categoría estadística, y luego usan algoritmos para asegurarse de que se comporta de manera consistente con ese perfil estadístico. Intentan evitar que seas impredecible, que tengas pensamientos originales, que tomes acciones únicas. No te están observando para ayudarte; te están observando para hacerte más automático y menos humano”.

Está claro: nuestra parte caliente, analógica, debe salir cuanto antes de ese galimatías tecnológico en el que nos hemos ido enredando mientras repartíamos likes. Es la única manera de seguir siendo individuos, en el más estricto sentido de la palabra.

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